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Teresa de Jesús Velázquez Pérez

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Corría el 16 de octubre de 1898 cuando la calle Guayabal, en el regazo de San Sebastián, se vistió de fiesta con el primer llanto de Teresa. Nacida del amor de Bartolo Velázquez y Antonia Pérez Peri, la niña traía en las palmas de las manos la calidez de los milagros. En 1904, cuando apenas contaba con seis primaveras, la brisa del destino la condujo junto a los suyos hasta Añasco, donde su padre moldearía la madera como carpintero, ignorando que entre sus brazos llevaba a quien moldearía, con igual devoción, los primeros instantes de la vida humana.

El alma de Teresa no necesitó largos años para descubrir su misión sobre la tierra; su vocación floreció temprana, como un flamboyán en el umbral de la primavera. En 1911, siendo apenas una niña de trece años, el destino la llamó a su primera prueba de fuego. En la penumbra de una estancia vecina, entre los gritos desesperados de una madre al borde de la locura y el sudor de la angustia, Teresa mantuvo la templanza de un ángel guardián. Con manos firmes y corazón sereno, asistió el parto y fue ella quien, con un corte sagrado, separó el cordón umbilical, librando al recién nacido a la sinfonía del mundo. Aquel día, el cielo selló su pacto con la niña: sería por siempre la guardiana de los nacimientos.

Apenas recorrió las aulas de la escuela elemental, pues su verdadera universidad fue el dolor y el amor al prójimo. Cautivada por el sufrimiento ajeno, Teresa caminaba con frecuencia hacia el humilde hospitalito de la calle Soto Ramos. Allí, su presencia era un bálsamo y sus palabras, un remanso para los afligidos. Como comadrona del pueblo, sus manos curanderas no conocían la avaricia: a veces recibía unas cuantas monedas por sus desvelos; otras, un saco de viandas, una criatura de granja o el dulce aroma del café recién cosechado. Pero cuando la penuria llamaba a la puerta de las madres más humildes, Teresa regalaba su alma y su trabajo en silencio, porque para ella la vida no tenía precio, sino un valor infinito.

Los papeles y las leyes de los hombres intentaron medir su sabiduría con licencias, pero el conocimiento de Teresa no provenía de los libros, sino del latido mismo de la tierra y del vientre materno. Cuando su permiso provisional expiró, la ciencia tuvo que inclinarse ante el peso innegable de su experiencia y le otorgaron la licencia definitiva. Tiempo después, cuando el Centro de Salud abrió sus puertas en la calle 65 de Infantería, Teresa sirvió primero desde el calor de la cocina para luego, como partera y ayudante de enfermera bajo la dirección del Dr. Manuel García de Quevedo, convertirse en el pilar incansable de la sala de partos.

Durante más de medio siglo de vigilia ininterrumpida, Teresa fue el puente de carne y hueso por donde cruzaron miles de almas hacia la existencia. Madre amorosa de tres hijos propios, le fue imposible llevar la cuenta de cuántas criaturas recibió en su regazo; eran tantos los niños que trajo al mundo que su nombre quedó grabado como un murmullo de gratitud en cada hogar del pueblo.

Junto a ella, en esa constelación de mujeres extraordinarias que desafiaron a la muerte en la penumbra de los campos, brillan con luz propia nombres inolvidables: Teya Pesante, Benancia, Bartola Rivera y Felicia Lugo Ríos, hermanas del mismo milagro, guardianas de la vida criolla.

San Sebastián la vio nacer en 1898 y Añasco la vio partir en 1997, tras casi un siglo de caminar sobre la tierra. Doña Teresa no solo habitó noventa y nueve años entre nosotros; fue un faro de ternura, una madre de multitud de hijos del viento y un suspiro eterno de amor que jamás se apagará en la memoria de su amado pueblo.

Lionel Valentín Calderón
Author: Lionel Valentín Calderón

Administrador del Portal. Artista, Caricaturista y Escritor Pepiniano nacido en Añasco, laureado nacional e internacionalmente.

Publicado por: Lionel Valentín Calderón
Administrador del Portal. Artista, Caricaturista y Escritor Pepiniano nacido en Añasco, laureado nacional e internacionalmente.

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