La Estación del Tren en el Barrio Playa de Añasco
Existe en la costa de Añasco un rincón donde la brisa marina aún parece guardar el eco lejano de un silbato de vapor. En el Barrio Playa (históricamente vinculado a los sectores costeros y al desarrollo de la Ensenada), el paso del Ferrocarril de Circunvalación de Puerto Rico no fue simplemente una obra de ingeniería; fue el latido de un país que despertaba al progreso a finales del siglo XIX y principios del XX.
Allí, entre la salitre y el verde cañaveral, la Estación del Tren de Añasco se erigió como uno de los puntos más estratégicos e impactantes de toda la red ferroviaria del oeste de la isla.
Los rieles que bordearon el mar
Hacia finales de la década de 1880, bajo la tutela de la Compañía de los Ferrocarriles de Puerto Rico (de capital francés), comenzó a tejerse el sueño de unir la isla a través de un camino de hierro. El tramo de la Línea C, que conectaba a Aguadilla con Mayagüez pasando por Rincón y Añasco, fue inaugurado oficialmente en los últimos días de diciembre de 1892.
Para los habitantes del Barrio Playa y las haciendas azucareras aledañas, ver tender las vías de trocha métrica (de un metro de ancho) sobre la tierra costera fue un acontecimiento bíblico. La estación en Añasco se convirtió de inmediato en un hervidero de vida humana y comercial:
- El pulso agrícola: Por allí transitaban los vagones cargados con las toneladas de caña de azúcar producidas en los valles del Río Grande de Añasco, destinadas a las centrales (como la Central Pagán y los ramales del Bianchi Railroad), así como el café que bajaba de la montaña rumbo al puerto de Mayagüez.
- El vaivén de viajeros: Familias enteras vistiendo sus mejores galas, comerciantes, campesinos y trabajadores abordaban los coches de pasajeros para viajar hacia el norte o hacia el sur a la vertiginosa velocidad —para la época— de 20 a 30 kilómetros por hora.
Una estampa gótica y tropical
La arquitectura de la estación respondía al estilo funcional pero elegante con el que la compañía francesa y posteriormente la American Railroad Company of Porto Rico (que asumió las operaciones tras el cambio de soberanía en 1898) dotaron al país.
Construida con paredes sólidas, techos inclinados para resistir los aguaceros del trópico y andenes de madera o hormigón, la parada de Añasco era un oasis de sombras. Mientras las calderas de carbón y carbón de piedra de las locomotoras de vapor lanzaban nubes blancas contra el cielo azul del Caribe, los vendedores ambulantes del barrio ofrecían dulces de coco, empanadillas y frutas frescas a los pasajeros que asomaban sus rostros por las ventanillas de madera.
El punto donde el tren cruzaba los terrenos de Añasco —cerca de la costa y sorteando los humedales del río— requirió puentes de hierro y terraplenes que desafiaron las crecientes de la época, convirtiendo el viaje en una estampa de idilio entre la máquina y la naturaleza.
El ocaso del gigante de hierro
A medida que avanzaba la década de 1940 y 1950, el transporte por carretera (los camiones, los automóviles y la construcción de la Carretera NÚM. 2) comenzó a restarle terreno a las vías férreas. La quiebra de la industria azucarera y los costos de mantenimiento aceleraron el inevitable final.
El último viaje regular de pasajeros resonó en los rieles en septiembre de 1953, aunque los trenes cañeros continuaron haciendo rechinar sus ruedas unos años más. Cuando la última locomotora apagó su caldera, un silencio pesado cayó sobre la estación del Barrio Playa.
La memoria que no se apaga
Hoy día, aunque la maleza, el tiempo y el progreso moderno hayan borrado gran parte de las estructuras físicas y los rieles hayan sido engullidos por la tierra o el mar, la Estación del Tren de Añasco vive intacta en la memoria oral de nuestro pueblo.
Quien camina hoy por el Barrio Playa y se detiene a contemplar el horizonte donde el Río Grande se abraza con el Pasaje de la Mona, casi puede escuchar el retumbar de las ruedas sobre los rieles de acero. La estación no fue solo madera y cemento; fue el escenario donde miles de añasqueños se despidieron, se reencontraron y soñaron con el futuro al ritmo cansino de la locomotora.


























































