Prólogo a la Memoria de Añasco
Al tomar la pluma para reescribir y rescatar la Historia de Añasco, tal como la concibió en su momento la mente lúcida de Jaime Carrero, no me movió otro impulso que el deber sagrado de la memoria. Pensé en volver accesible una crónica que amenazaba con desvanecerse en las sombras del olvido; ese mismo olvido que hoy rodea la figura de su autor, quien por azares de la salud reside en la distancia de la Florida, cobijado bajo el amor de su hija.
Como bien nos advirtiera el propio Jaime con voz profética al entregar su obra:
«La Historia de Añasco, en gran medida, habrá de generar juicios y polémicas. Pero ahí está mi esfuerzo de juzgarla con objetividad, a tono con la cultura y su escala de valores. Tiene expresiones muy duras, pero realistas, que solamente pueden herir a los miopes del intelecto y a los inflexibles enfermos de fanatismo. Aún así, aseguro que los que no pudieron hacer esta obra… y para colmo se han investido de una falsa autoridad y competencia, abroquelarán los medios para hacer ‘su justicia’, como si fuesen altos letrados de su estrecho fuero filosófico.»
Ante esas palabras, resulta ineludible evocar y hacer mías también las sentencias que otro admirado compueblano, don Nicolás Soto Ramos, plasmó en el proemio de su entrañable breviario La Cuna del Descubrimiento:
«Por mi parte, me alegraré de que los críticos, los rebuscadores de minucias gramaticales y los endémicos intransigentes que todo lo encuentran mal —parapetados en sus poses de dómines— vean en esta sincera labor un laudable objetivo de utilidad pública…»
Añasco aguardaba esta historia desde hacía siglos, como la tierra seca espera la llovizna del mediodía. Me llena el alma de sosiego saber que la inmensa mayoría abraza este esfuerzo, y que tantos corazones generosos me han estimulado a continuar.
Si alguien siente que sus fibras se estremecen o sus afectos resultan lastimados ante estas páginas, lo invito a una introspección de la más alta exigencia y justicia. La historia no se escribe para complacer caprichos ni para adormecer conciencias; se escribe por compromiso con la eternidad. La historia jamás puede doblar la rodilla ante el poder. Cuando los cronistas prostituyen la verdad para congraciarse con los poderosos, la memoria no solo se vuelve mediocre, sino que queda acéfala, despojada de su esencia viva.
Por eso, cuando el tiempo coloca el espejo frente a los actores de la historia y estos contemplan su propio retrato, sobreviene el arrepentimiento si sus actos fueron en detrimento del bien común. Es entonces cuando levantan cortinas de humo y recurren a la ciega proyección para evadir el examen de la conciencia.
Si en esta noble empresa, como humilde discípulo de Clío, alguien juzga que he cometido excesos o que he sido demasiado severo al nombrar las cosas por su verdadero nombre, solo me resta apelar al tribunal de Cronos… y mientras el tiempo dicta su sentencia final, con la frente en alto y el corazón sereno, solo me queda decir: Perdón.


























































