Es un refrán popular que significa que la presencia de alguien, invitados o huéspedes, en la casa de otra persona, por más agradable que sea, puede volverse incómoda si se prolonga demasiado.
El refrán compara a los huéspedes con el pescado, que si no se consume rápidamente, se descompone y adquiere un mal olor. De la misma forma, una visita que se extiende más allá de unos pocos días puede empezar a generar inconvenientes, tanto para el anfitrión como para el invitado, rompiendo la armonía inicial.
¿De dónde viene esta idea?
La frase resalta la importancia de la brevedad en las visitas para mantener una buena relación. Un huésped que no respeta el tiempo de sus anfitriones puede generar estrés, cambiar las rutinas del hogar y, en general, crear una situación incómoda.
La frase es un consejo sabio y con un toque de humor para recordar que, tanto en las relaciones sociales como en la comida, la frescura es clave.






