Qué Es Una Funeraria Tradicional
El primer significado de funeraria es un establecimiento donde se fabrican y se venden ataúdes. A esto se dedicaban las primeras funerarias. Luego ampliaron sus servicios que iban dirigidos a satisfacer las necesidad de los deudos con relación a la manera de tratar al difunto hasta el día del entierro. Los agentes fúnebres del pasado procuraban levantar el cadáver mediante una orden del médico. En caso de muertes repentinas y violentas se requería la intervención de la plana mayor que era el fiscal de distrito con su gente para levantar el cadáver y llevarlo a Ciencias Forenses para la autopsia. Luego había que recoger el cadáver y llevarlo a la funeraria para prepararlo. Otros pedían embalsamamiento porque tenía que esperar a los familiares que vinieran del exterior y otros por el mero hecho de preservar el cadáver.
Había oído que el cadáver de Don Pedro Albizu Campos fue preparado para que durara cien años sin descomponerse. Curioso por investigar, me dirigí a la funeraria Puerto Rico Memorial, sucesora de la Funeraria Jensen, en Santurce y dialogué con los embalsamadores que estuvieron presenciando y actuando en el embalsamamiento del prócer. Me aseguraron que al cadáver de Albizu Campo le aplicaron los últimos químicos que habían salido al mercado de la preservación de cadáveres de la época, químicos para proteger de corrupción su sistema circulatorio, sus partes internas y su piel.
De regreso, seguimos en nuestro mundo pepiniano. Previo a llevar el cadáver a la casa se llevaban sillas, la cortina escarlata, las velas y otros artículos utilizados en los velorios. Ya se estaban haciendo o se habían hecho las gestiones, por agentes funerarios, con relación a recibir el cadáver en la iglesia, la procesión religiosa, la tumba en el cementerio y el día del entierro. Las sillas se quedaban en casa del difunto hasta el término de nueve días. Todos estos servicios funerarios se ofrecían en la época donde los muertos se velaban en la casa.
Qué es un Tanatorio
Luego vino una nueva clase de funeraria con servicios más amplios. Conocida en España como tanatorio es un edificio con sus capillas dispuestas, cafetería y amplio estacionamiento, donde se congregan cómodamente los deudos y amigos para velar al fallecido. Se celebran aquí servicios religiosos. Hay algunos tanatorios que tienen su personal de capellanía para ofrecer las ceremonias religiosas. También es un lugar más espacioso, con aire acondicionado, lugar de encuentro de viejas amistades y de tertulia. Además de las capillas cuentas con un amplio vestíbulo con asientos para tertuliar. .
La funeraria de hoy es el custodio del difunto. Allí se recibe el cadáver y se embalsama, allí lo exponen al público, allí se hacen los trámites de defunción y de sepelio. Allí venden flores y coronas. Allí se queda el muerto mientras los deudos y amigos van a la casa a descansar y dormir. De allí sacan el cadáver, en procesión, al cementerio o al crematorio. En caso de cremación, los deudos van al tanatorio a recoger las cenizas.
Los Servicios Fúnebres En El Pepino: Funerarias Vargas de Don Guilo
Este pepiniano, Don Aguedo Vargas Labaille, conocido en la comarca como Don Guilo y notable como el Padre los pobres, tiene su historia en El Pepino. Es miembro de una generación que ha sido pasada por alto entre la mayoría de los pepinianos. Mientras los revolucionarios se levantaban en Lares, ese mismo día nacía Don Guilo el 23 de septiembre de 1868. Sus primeros años los pasó socializándose con la cultura pepiniana.
Su Progenie
Para muchos de nosotros ha pasado desapercibo, pero Don Guilo, fue padre de muchos pepinianos ilustres. En su primer matrimonio con Doña Elvira engendró varios hijos, entre ellos, a Quiterio Vargas, el camarógrafo del Teatro Mislán a quien conocimos y recordamos con la frase “cuadra Quiterio”. Posteriormente se casó con Doña Carmen Hernández, y es padre de otros notables pepinianos:, del Licenciado Celestino Vargas, el abogado del pueblo, de Carlos Vargas, un destacado artesano y ebanista, y del deportista Moisés Vargas, alias Mano Moisés y quien fue candidato a alcalde por el desaparecido partido del Pueblo, y abuelo de Jesse James Vargas, mi amigo.
Su Agencia Fúnebre
Como parte de su oficio artesanal estableció su fábrica de ataúdes en el sector denominado el Rabo del Buey y posteriormente e mudó a la Barriada el Guayabal, a la calle 11 de enero (día del nacimiento de Eugenio María de Hostos. Hoy la antigua calle 11 de enero lleva el nombre de Don Aguedo Guilo Vargas. Allí fabricaba ataúdes con la madera de cajas de ajo y de bacalao y con cajas en donde venían latas de manteca y latas kerosene Era una madera liviana y económica para los pobres. Don Guilo y sus hijos visitaban los colmados y almacenes para adquirir estas cajas de madera que eran muy útiles para su industria. Los lados del ataúd eran fabricados con madera que se contaba en los montes y Don Guilo la preparaba a serrucho según el testimonio de Raúl, su hijo.
Nos parece que el cadáver se preservaba en este medio ambiente de residuos de sal y ajo. Al parecer este método dilataba la descomposición del cuerpo muerto. Pero lo que sí nos han dicho nuestros entrevistados era que juntamente con la procesión los perros iban detrás del olor a bacalao. Pero lo que en verdad estaba detrás del uso de esta madera barata era el costo de los ataúdes y la tela de pana con que se forraban los modestos ataúdes. Tela que adquirían en Arecibo.
Nos dice Raúl Vargas, que temprano en el siglo 20, para 1929, los ataúdes para adultos costaban $6.00 y para los niños e infantes de $1.50 a $2.00. Eran momentos difíciles para Puerto Rico y El Pepino. Había una gran depresión en Estados Unidos y la desnutrición diezmaba la población pepiniana infantil. La mortandad de niños era grande y se vendían cuatro y cinco ataúdes diarios ataúdes Con el tiempo la calidad de los ataúdes mejoró con el uso de mejores maderas. No hay duda que la condición económica fue mucho mejor después de 1940.
Don Aguedo, como practicaba el espiritismo, religión que lo mantenía en contacto con la clase más pobre, demostraba la virtud de la generosidad en los momentos de dolor. Su clientela eran los pobres del Pepino y pueblos limítrofes que buscaban darle un entierro decente a sus seres queridos. Cada deudo compraba de acuerdo a sus posibilidades. Pero en muchas ocasiones, los clientes pobres eran objeto de su favor cuando Don Guilo le proveía un ataúd gratuitamente y dinero para que compraran la merienda para el velorio. No en balde le llamaban “el Padre de los pobres”. Mientras el que escribe esta obra literaria celebraba su sexto cumpleaños en la barriada Tablastilla, Don Aguedo se remontaba y le decía adiós a la vida terrenal. Falleció el 30 de enero de 1955 en la barriada El Guayabal mientras yo jugaba en Tablastilla con mis amigos y ni me enteré.
La Projimidad De La Época
Antes de terminar con este acápite, debemos describir la projimidad de ese entonces. Los hogares estaban disponibles para recibir a los transeúntes y viajeros. Había siempre un lugar para que la gente pasara la noche. En los hogares siempre se preparaba comida adicional para que todo aquél que apareciera tuviera algo que comer.
La casa del Don Guilo y Doña Carmen era un punto en donde convergían los pobres fuera para comprar un ataúd, para pedir dinero prestado, fuera para consultar a Don Guilo que era un médico espiritual, fuera para dormir o para comer.
Esta escena se repetía principalmente en el vecindario del Rabo del Buey. Nadie tenía necesidad en aquel sector. Los unos a los otros procuraban llenar las necesidades.
Ataúd Para Su Esposa
Don Guilo le fabricó, a su esposa Carmen, el ataúd en el que ella sería enterrada. Muerto Don Aguedo, la viuda se mudó a la Barriada Pepino al cuidado de su hijo Carlos y se llevó consigo el ataúd. Hablando de Don Carlos, este siguió el camino de la artesanía y ebanistería como Don Guilo. Todavía tengo memoria de la belleza y hermosura de ojos de las hijas de Carlos.
Nosotros nos mudamos para la barriada Pepino también, en el 1963. El que escribe era su vecino, quien aprendía y jugaba briscas con la anciana Carmen que por cierto era muy amable. En Tablastilla yo aprendía y jugaba briscas con la abuela de Zory Méndez Cruz. Jugar briscas era el entretenimiento preferido de la familia Vargas en el Rabo del Buey, en el Guayabal y ahora en la barriada Pepino y de otras tantas familias..
Un día, debió haber sido entre el 1964-65, Doña Carmen me reveló el secreto y me llevó al lugar donde tenía guardado el ataúd. Lo abrió para mostrármelo. Bueno, en ese momento me sentí cerca de la muerte. Observé que aquel ataúd fue hecho con mejores maderas, no era de madera de cajas de bacalao ni de cajas de ajo.
Doña Carmen finalmente expiró en el 1967 y fue sepultada en este mismo ataúd según nos cuenta su hijo Raúl. Los actos fúnebres de su entierro fueron celebrados en el templo Luz Divina.






